Spanish Ministry

Jan 31, 2012 12:00am
Author: Esther E. Habib

Spanish Ministry

Sentándose a los pies de cristo:

Encontrando intimidad con Dios en nuestras vidas atareadas:

El problema de incredulidad

 

 

I                     Introducción

            Este mes haremos un estudio de la incredulidad en la vida de Martha como el problema principal para no permanecer sentada a los pies de Cristo con el fin de encontrar intimidad con Dios.  Nuestro texto será Lucas 10:38-42 (favor leer el pasaje).  A pesar de que no vivimos en un pequeño pueblo como el de Martha, y por lo tanto nuestras excusas pueden abundar para no sentarnos a los pies de Cristo, voy a tratar de convencer a nuestras lectoras que nosotras tenemos un problema similar.

II                 La intencionalidad del invitado

            Esta es una de las varias definiciones de gracia:  Dios en su amor por medio del Señor Jesucristo gratuitamente nos da lo opuesto de lo que merecemos.  Primero quiero que entiendan la abundancia de gracia dada a María y a Marta por medio de mostrarles cuán intencional—según el dicho podríamos decir con premeditación, pero no con alevosía—el Señor Jesucristo fue en visitarlas.  El versículo 38 en el original dice “yendo ellos de camino” e inmediatamente cambia a “el” entró; toda la frase lee así, “Aconteció que ellos yendo de camino, él entro en una aldea.”  El fue el que escogió entrar a Betania, específicamente para visitar a María y a Marta, y él lo hizo porque él descendió “… del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.  Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió:  Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:38-39).  María y Marta eran pecadoras tanto como eran sus vecinos y todos los pecadores de ese día, pero ellas habían sido dadas al Señor Jesús por su Padre y su intención era que ellas lo vean y crean en él, porque Juan 6:40 dice, “Y esta es la voluntad del que me ha enviado:  Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”  Su propósito final, sin embargo, era más que una sola visita para un solo creer, pero para tomar residencia permanente en ellas para guardarlas salvas por medio de la fe hasta el día postrero.  Porque “… El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.”  (Juan 14:23).  Toda la serie de decisiones hechas por el Señor en su día de trabajo y más adelante, y la eterna elección hecha por el Padre de salvar a estas mujeres son asombrosas.  Ellas pudieron haber sido pasadas por alto—piense esto—pero ellas se les estaba concediendo gratuitamente lo opuesto de lo que merecían.  ¡La gracia detrás de todo esto va más allá de nuestra imaginación!  Esta visita es infinitamente de gracia y por lo tanto la deuda de María y Marta es grande.  Su manera de responder a tal gracia debe ser de devoción y atención no dividida, sin doblez.

III              Incredulidad de Marta

A                  La honra del Invitado

            El versículo 39 en el original dice, “Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, [también] sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.”  Esto significa que ambas, María y Marta, se sentaron a los pies de Jesús para oír su palabra.  ¿No es esto un retrato perfecto?  María y Marta habían aceptado, aunque sea por fuera solamente, su debida posición como criaturas ante el Creador del universo, porque Hebreos 1:2 dice que Dios “… por el Hijo … hizo el universo.”  ¡Imagínese al Creador del universo que la venga a visitar a usted!  El Salmo 8:4 dice, “… ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”  ¿Quiénes eran María y Marta para que él se acuerde de ellas?  Ellas eran hijas de judíos despreciados quienes vivían bajo el yugo de Roma, en una pequeña, polvorienta, y pobre aldea, y tú O Dios, ¿las visitaste?  María y Marta en este momento a sus pies parecen estar concientes del honor de tenerlo en su casa, y talvez de la gracia extendida a ellas.  Marta especialmente parece haber entendido el honor concedido ya que fue ella la primera que mostró la hospitalidad, y el texto dice que fue a su casa que le dio la bienvenida.  ¡Qué retrato tan positivo de Marta!

B                  La deshonra de la anfitriona

            A estas alturas en nuestra historia hay una pequeña palabra que cambia este retrato perfecto y la dirección de la historia, pero más importante aún, ésta destruye el retrato que hasta aquí teníamos de Marta.  El ¨pero¨ en “pero Marta se preocupaba de muchos quehaceres,” en nuestra historia no lleva a un final positivo, sino que demanda arrepentimiento, dado que Marta comenzó una serie de actos externos de deshonra a su invitado.  Esto es especialmente evidente cuando recordamos quién es él y el propósito de su visita, como mencionados al principio.

1.                  Preocupada o distraída

            La palabra preocupada o distraída,  en el original viene de la idea de “arrastrar por todos lados.”  Esto me recuerda de una criatura en su algarabía arrastrando a su muñeca por el cuello por toda la casa.  ¡Imagínense!  ¡Hemos ido de una Marta quieta a una que está siendo arrastrada por todas partes, si no en acción, en espíritu!  De una Marta acogedora, amistosa, aprendiendo a los pies del Señor Jesús, vino a ser catapultada por todos lados en espíritu y en cierto sentido en lugar.

2.                 Muchos quehaceres

            Otra vez tengo que llevarlas al original, que dice “Marta estaba “distraída” [o halada por todas partes] sirviendo mucho.”  Pero, ¿no dice la Biblia que “…  el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”  (Marcos 10:45), y “… El siervo no es mayor que su señor;”?  El sirvió mucho, hasta la muerte y muerte de cruz.  Sí, se espera que nosotros sirvamos.  Pero que no se nos escape otra palabra pequeña que tiene la idea de abundancia.  La palabra “mucho,” como en “sirviendo mucho.”  Lucas está diciendo, entonces, que aquello que arrastra a Marta por todos lados es lo “mucho.”  Lo “mucho” es aquella “cosa” o “cosas” en particular que volvió la “una cosa es necesaria” del versículo 42—esto es, sentarse a los pies de Cristo para oír su palabra—en lo “mucho” como en “sirviendo mucho” (muchos quehaceres) del versículo 40.  Lo que haya sido, una cosa pequeñita o muchas extras, eran la evidencia de que Marta se había distraído de Aquel quien debió haber sido el enfoque de su atención y devoción.  La causa de este “sirviendo mucho,” sin embargo, es más profunda.

 

            Imagínense a Marta sentada aparentemente quieta a los pies del Señor escuchándole, cuando de repente sale disparada a la cocina.  Si pudiéramos meternos en su mente, podríamos ver pensamientos acerca de la comida típica de esas partes del mundo:  de la harina y el aceite para el pan delgadito típico, el borrego y las hierbas para el plato principal, los higos para el postre, y las granadas o las uvas para la bebida.  ¿Cuál de estos quitaría usted de su menú como innecesario?  ¿Cuál o cuáles son esenciales?  En otras palabras, ¿qué hace lo “mucho” como en “sirviendo mucho”?  ¿Cómo hace uno esta decisión?  ¿Cómo hace uno la decisión de sentarse o continuar sentada a los pies de Cristo en vez de levantarse y preparar una o más cosas? 

3.                 Incredulidad

            Por la frase “y acercándose” del versículo 40 sabemos que ella había dejado los pies del Señor Jesús.  Sin embargo, antes de su primer paso de alejarse del Señor, mientras ella todavía estaba sentada, ya se había “alejado” en su corazón por incredulidad.  Este es el verdadero problema, el problema más profundo que necesitamos excavar si es que vamos a aprender de la vida Marta.

a)                Evidencia de Incredulidad - juzgar

            Mientras estaba a los pies del Señor Jesús Marta había tenido un monólogo conocido solamente por ella y el Señor, el cual continuó mientras estaba en la cocina.  En su pensamiento había acusado a María de no contribuir con su parte.  Ella no estaba contenta con la situación, y estaba encontrando fallas en María.  La Biblia llama esto juzgar a otros.  Romanos 2:1-4 tiene palabras fuertes para María en cuanto a esto.  “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre [oh mujer], quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.  Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad.  ¿Y piensas esto, oh hombre [oh mujer], tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?  ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”  Juzgar a otros es una de esas banderillas rojas de incredulidad que necesita arrepentimiento, y la vemos muy ondulante en la vida de Marta.  Santiago 4:11-12 dice, “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros.  El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez.  Uno solo es el dador [hablando de Dios] de la ley que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?”  Su descubrir fallas en otros cruzó la línea de falta de cortesía, en lo mínimo, y la línea de impiedad en el otro extremo, y ahora encontramos a Marta invirtiendo los papeles.  En su incredulidad de quién era ella realmente y quién es el Señor Jesús, ella tomó la posición de juez y procedió a juzgar al Rey de reyes y Señor de señores, lo cual lo podemos detectar en la siguiente declaración, “¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola?”  Esto es, “tu eres insensible, inconsiderado, falta de amor, insensato, egoísta,” y la lista puede ser aún más irrespetuosa y atrevida, así que no sigamos con ella.  El Señor bien le pudo haber dado a Marta las mismas palabras que le dio a Job en Job 40:2,8,9,14, “¿Es sabiduría contender con el Omnipotente?  El que disputa con Dios, responda a esto.    ¿Invalidarás tu también mi juicio?  ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú [Marta]?    ¿Tienes tú un brazo como el de Dios?  ¿Y truenas con voz como la suya [para ordenarme, Marta]?  … Y yo también te confesaré que podrá salvarte tu diestra.”  ¡Si solamente hubiese podido creer que ella no se podía salvar a sí misma en asuntos de esta vida, mucho menos en lo eterno, y que las intenciones del Señor eran para su bienestar temporal y eterno!  Pero su incredulidad estaba de lo mejor.  Por fuera se había postrado sentándose a sus pies y ahora estaba preparando comida para él, pero internamente talvez nunca ella se había postrado a él entendiendo quién realmente era.

b)                Evidencia de Incredulidad - dando órdenes a Jesús

            Su otra banderilla de incredulidad de quién el Señor Jesús era puede detectarse en la siguiente declaración, mejor dicho, un mandato, “Dile, pues, que me ayude.”  Marta sí reconoció la autoridad de Jesús de Nazaret para darle órdenes a María.  Sin embargo, estamos comenzando a entender la verdadera Marta.  ¡Marta, la incrédula!  El Rey de reyes y el Señor de señores en su bondad con la intención de salvarla había condescendido a visitarla para traerle palabras de vida, pero su estimación de él es tan baja que ella procede a darle órdenes a él.

 

IV               La  incredulidad de Marta no tiene excusa

            Pudiéramos argumentar que Marta no conocía quien era este hombre de Nazaret.  Pensémoslo más detenidamente.  Como una buena israelita, Marta había sido entrenada por el hombre de Dios Moisés porque “… Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo,” dice Hechos 15:21.  Moisés en el Antiguo Testamento le había enseñado a ella a confiar en Dios en cuanto a la promesa del Mesías, o el Cristo, así como también había sido advertida acerca de la incredulidad y cuáles son la evidencias de la incredulidad.  Este conocimiento lo hacía a ella y a todo judío responsable, como el Señor Jesús declara en una sorprendente declaración, “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.  Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?  (Juan 5:46-47).  El Señor Jesús a la verdad esperaba que Marta y cada judío crea en él.  Marta no tiene excusa para su incredulidad, a menos, por supuesto, que ella no crea a Moisés, lo cual aparentemente no lo hizo, dado que hasta aquí ella no reconoce quien realmente es el Señor Jesús.  Algunas de las deliberaciones que ella tuvo en su mente mientras estaba en la cocina eran acerca de quién era este hombre Jesús, y lo encontró imperfecto al decir, “no te da cuidado,” o “no te importa.”  En otras palabras, ella lo considera pecador, no divino, no el Mesías, el Cristo.  Ella no cree que él es el Hijo de Dios, que él es Dios en la carne con toda la gloria, honor, y poder que le pertenecen solamente a él.  ¡El Señor del universo, quien a su mandato puede dar de comer a miles!  En vez de estar ansiosa de darle de comer, la manera correcta de responder a esta situación debió haber sido, “Señor, tú dame de comer a mí.”  El Señor bien pudo haberla reprendido citándole el Salmo 50:12, “Si yo tuviese hambre [Marta] no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud.”  Si ella hubiese creído a Dios al creer a Moisés, ella hubiese creído quién realmente era Jesús.  Ella hubiese estado maravillada, como lo estaba María, y se hubiese olvidado acerca del “sirviendo mucho” y la ansiedad y estar afanada y turbada, el juzgar y el deshonrar a otros, y ella no hubiese tenido problemas de haberse quedado sentada a sus pies.  Esto es exactamente lo que el Señor le dice a la mujer junto al pozo de agua, “… Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice:  Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.”  (Juan 4:10).  Imagínese que un doctor venga de visita a su casa y usted, estando enferma de muerte, repentinamente deja a su huésped y comienza a preparar comida para él.  Entonces regresa y le dice:  “¿No le importa que estoy preparando comida para usted?  ¡Dígale a mi hermana que está sentada junto a usted que se levante y me ayude!”  El doctor estaría totalmente sorprendido con su comportamiento ofensivo.  Además, él bien pudo haberse ofendido porque usted desde el principio no le pidió que la ayude con su enfermedad.  Pero talvez aquí está el verdadero problema para no sentarse a los pies del Señor Jesús:  o ella no creía que necesitaba ayuda, o que él la podía ayudar.  El Señor Jesús dijo en Mateo 9:12, “… Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.”

V                  Las riquezas de su bondad llevan al arrepentimiento

            Recuerde que en su gracia, en su Hijo, Dios nos da gratuitamente exactamente lo opuesto de lo que merecemos.  El Señor bien pudo, justificadamente, haberse sentido insultado y haberse ido de la casa de Marta.  Sin embargo, él continúa con las riquezas de su bondad al reprenderla con amor.  El repite su nombre dos veces, “Marta, Marta,” y entonces le dice que ella estaba afanada y turbada, o como dicen otras traducciones, ansiosa y enojada.  El salmista dice en el Salmo 139:23-24, “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos [ansiedades en otras traducciones]; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.”  El salmista se conocía a sí mismo y la perversidad de su corazón; él sabía que era capaz de actos perversos.  El no estaba culpando a otros al juzgar, como Marta.  El sabía donde encontrar ayuda, y se quedó allí hasta que la encontró, de esa manera no llegó al punto de estar enojado.  El se quedó allí hasta que tuvo una evaluación completa de su corazón.  “Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo.  ‘No hay paz,’ dijo mi Dios, ‘para los impíos.’”  (Isaías 58:20-21).  Marta no quería reconocer quién era, tampoco estaba lista para que el Señor examine su corazón.  Ella no estaba lista para la paz, por el contrario estaba arrojando cieno y lodo a María y al Señor Jesús.  Si Marta se hubiese quedado sentada suficiente tiempo, el Señor Jesús en su bondad le hubiese dicho, Marta, “Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio.” (Proverbios 15:17).  Marta, “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Filipenses 4:6).  Pero, ¿no oró Marta?  Ella a la verdad pidió a Jesús, “Dile, pues, que me ayude.”  Sin embargo, una oración verdadera es dirigida a Dios.  Ella “oró” al hombre Jesús y no al Dios/Hombre porque ella no creía quién realmente era él.  Su “oración” fue un mandato a quien ella consideraba solamente un hombre.  Además no había ruego, y las gracias estaban totalmente ausentes de su “oración.”  ¿Cómo podía estar agradecida?  Ella ni siquiera se daba cuenta de la gracia que se le había concedido con su visita.  Además, ella no creía que él era el Señor del universo, el Señor que está en control de todas las providencias.  El no sólo había escogido personalmente entrar a Betania, pero él también había arreglado esta reunión y sus circunstancias.  Además, desde la eternidad él había decretado que la “perezosa” hermana María sería su hermana.  Si ella se hubiese sentado y escuchado, él le hubiera dicho, Marta, “Dad gracias en todo [aún por tu “haragana” hermana María], porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.  (1 Tesalonicenses 5:18).  Francis Shaeffer en el libro Verdadera Espiritualidad (p. 8), dice “Yo debo amar a Dios lo suficiente como para estar contento, porque de otra manera aún nuestros deseos correctos y naturales [como era el deseo de que María la ayude] nos traen en rebelión contra Dios [Dios el Hijo estaba en su casa y ella estaba rebelándose contra él].  Dios nos ha hecho con deseos correctos, pero si no hay un contentamiento de mi parte, en esta medida estoy en rebelión contra Dios, y por supuesto rebelión es el problema central del pecado [mi énfasis] [¿No le recuerda esta palabra rebelión, el juicio, órdenes, y las actitudes ofensivas de Marta?].  Cuando me falta el contentamiento debido, yo he olvidado que Dios es Dios o he dejado de estar sometido a él.”  En el mismo libro (página 10), “Yo creo que podemos ver esto en la perspectiva correcta si regresamos a Romanos 1:21;  “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.”  Este es el punto central:  No estaban agradecidos.  En vez de dar gracias ellos “se envanecieron en sus razonamientos [¿recuerdan las deliberaciones que Marta tuvo en su mente?] y su necio corazón fue entenebrecido” [el corazón de Marta estaba tan entenebrecido que no podía reconocer a su Mesías, al Cristo].  Profesando ser sabios, se hicieron necios.  El comienzo de la rebelión del hombre contra Dios era, y es, la falta de un corazón agradecido.  Ellos no tenían corazones apropiadamente agradecidos—viéndose a sí mismos como criaturas delante del Creador y estando postrados no solamente en sus rodillas, sino en sus necios corazones.  La rebelión es un negarse deliberado de ser la criatura ante el Creador, a tal punto de estar agradecido [y yo diría, aún por una hermana “haragana” llamada María].  También de Tabletalk, enero 24, “… Más aún, es una cosa fallar y buscar el perdón y la gracia de Dios, lo cual era lo que los verdaderos creyentes del antiguo pacto hacían, y enteramente otra cosa es fallar tan miserablemente de tal manera que se es ciego al pecado y piensa que el Señor nos debe algo.  Esto es lo que la nación de Israel, considerada como un todo, hizo.  Y al hacerlo así, Israel repitió el pecado de Adán, quien estaba ciego a su propia culpabilidad, culpando a Eva por su pecado y pensando que el Señor le debía algo mejor que “la mujer” que le dio. (Gén. 3:11-12).”  O en el caso de Marta, algo mejor que “la hermana” que el Señor le dio.  Marta estaba menospreciando “… las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad [la estaba llevando al arrepentimiento en ese mismo momento usando cada circunstancia en su vida.] …”  (Romanos 2:4).  En el plan de Dios él usa todo, aún el mal, para cumplir sus buenos propósitos en nuestras vidas, y Marta se debió haber postrado a las providencias de Dios y se debió haber vuelto a sentar a los pies del Señor Jesucristo.

 

            El Señor bien pudo haber dejado a Marta en su incredulidad, pero su bondad es paciente y completa la obra en la persona que su Padre le ha dado a él (Juan 6:39).  Si leemos la resurrección de Lázaro, el hermano de Marta, podemos ver que el Señor continúa en su intencionalidad de traer a Marta a la fe.  Juan 11:6 dice, “Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.”  El deliberadamente esperó que Lázaro muriera con el propósito de traer a Marta, y a otros, a la fe.  Entonces, poco antes de que el Señor Jesús resucite a Lázaro, él intencionalmente le dice, “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. …”  Entonces le hace una pregunta directa, “¿Crees esto?  Le dijo:  Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”  (Juan 11:26-27).  Con Job ella pudo haber dicho, “Yo conozco que todo lo puedes [aún salvar a una judía dura de cerviz como yo], y que no hay pensamiento que se esconda de ti.”  (Job 42:2).  El Señor la había preparado para la paz y también fue él que la trajo a confesar aquello que era para su paz y para la nuestra:  “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”  ¡La obra del Señor estaba terminada!  ¡El había hecho la voluntad del Padre en la vida de Marta y ella creyó y fue salva!  Finalmente lo reconoció como Señor.  No alguien a quien darle órdenes, sino alguien a quien se sometió como el Señor de señores.  ¡Esencialmente ella se había sentado a los pies del Señor Jesús a escuchar su palabra!

 

VI               Aplicación

1      Alabado sea el Señor por la gracia iniciada y la que continúa a través de la vida.  Esta es la manera como él aplica esta gracia, “mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”  (Juan 4:14).  Cuando por su gracia nos damos cuenta que el pecado está causando una sed insaciable, y él nos da por primera vez esa bebida, esa bebida viene a ser una fuente en nosotros que siempre está saltando para vida eterna, saltando hacia el Señor Jesús, quien es la vida eterna.  Esa bebida que nos dio cuando creímos por primera vez nos hará regresar vez tras vez.  Nos sentaremos a sus pies, y cuando no lo hacemos y la incredulidad y los resultados de ella como juzgar, “sirviendo mucho,” afán y ansiedad amenazan a vaciar la fuente, extenderemos nuestras  manos para alcanzar el agua.  Regresaremos a sentarnos a sus pies.  Oraremos, suplicaremos, estaremos agradecidos por esa maravillosa fuente que nunca se vacía.  Porque “… el que en mí cree, no tendrá sed jamás.”  (Juan 6:35).  Lo amaremos mucho, como la otra mujer en el Nuevo Testamento que no solamente se sentó a los pies de Jesús sino que limpió sus pies con sus lágrimas y con su cabello, porque mucho fue lo que él le perdonó.

2     Por su gracia y la intencionalidad de su obra en nuestras vidas, nuestra deuda al Rey de reyes y Señor de señores es grande.  Nuestra manera de responder debe ser de devoción y atención no dividida, sentadas a los pies del Señor para escuchar su Palabra.

3     Estar preocupada o distraída con “sirviendo mucho” o “muchos quehaceres” es un acto abierto de deshonra a nuestro huésped, el Señor Jesucristo quien vive en nosotros a través de su Espíritu.  Dado que no puedo darles una cifra de cuánto es “muchos quehaceres,” y nadie debe, con respeto y humildad, quiero decir lo siguiente:  Si el Señor está dándonos de su gracia, dándonos lo opuesto de lo que merecemos, al ser intencional con nosotros—lo cual él está haciéndolo ahora, él nos está hablando en este momento, si tiene una Biblia en su mano y en su casa, y si tiene otros medios de escuchar su Palabra—si el Señor está siendo así de intencional con nosotros; lo que sea que está quitándonos de sus pies externa e internamente para escuchar su Palabra, eso es “sirviendo mucho.”  Repito, lo que sea que está quitándonos de sus pies externa e internamente para escuchar su Palabra, eso es “sirviendo mucho.”

4     Detrás del “sirviendo mucho” está la incredulidad de dos cosas, incredulidad de quién es él y de quién soy yo.

§         Primero, incredulidad de quien él realmente es.   El es Señor en todo el sentido de la palabra, con todo el honor, gloria y poder que le pertenecen solamente a él.  El es el Creador y Sostenedor de todo el universo, y él es capaz y está dispuesto a salvarnos.

§         Segundo, incredulidad de quién soy yo.  Somos pecadoras incapaces de salvarnos a nosotras mismas y de mantenernos salvas.  Nuestra necesidad de estar a sus pies y escuchar su Palabra es crucial, es vital.  La palabra vital viene de la palabra vida.  Nosotros languideceremos sin él y su Palabra.  Génesis 4:7 dice, “… el pecado está a la puerta; … a ti será su deseo …”  Solamente el Señor Jesús se ha enseñoreado sobre el pecado, y él es el único que se puede enseñorear sobre el pecado en nuestras vidas.  En la historia llegamos a un cambio de parecer de lo que creíamos que era el verdadero retrato de Marta.  Esto es exactamente lo que tiene que suceder con el retrato que tenemos de nosotras mismas si es que vamos a ser salvas.  Tenemos que entender que no somos la Marta quieta, sentada a los pies de Jesús.  Internamente todos nos rebelamos contra Dios.  Romanos 3:10 dice a cada miembro de la raza humana, “… No hay justo, ni aun uno; … “  Si usted nunca ha gustado su bondad y todavía está agobiada por el trabajo de sus manos tratando de salvarse a sí misma y cargada por su culpabilidad (Mateo 11:28), venga a él y pida misericordia.  Diga con el publicano que fue al templo a orar, “Dios, sé propicio a [o ten misericordia de] mí, pecador.”  (Lucas 18:13).  A cada hijo de Dios, el Señor dice, “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad [la maldad todavía es la experiencia del cristiano, y alabamos al Señor por su justicia puesta a nuestra cuenta].  Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.  Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”  (1 Juan 1:8-2:1).  Creo que el trabajo más difícil que tiene Dios es convencernos que verdaderamente somos pecadores.  Pero cuando finalmente se nos trae a convicción de pecado, ¡alabado sea el Señor por ese Abogado, Jesucristo el Justo!

5     La incredulidad no solamente se revelará en “los muchos quehaceres,” pero en el comportamiento impropio hacia Dios y el hombre, como juzgar y darles órdenes que no nos incumben.  Estas son las cosas que llenan nuestras mentes y corazones con ansiedad y afán y dejan a un lado al Señor Jesús.  Es muy difícil sentarse a los pies del Señor Jesús y escuchar su Palabra cuando estas cosas nos han tomado y nos están halando por todas partes en espíritu y acción.  Esto no es sólo conocimiento académico para mí, hablo por experiencia propia.

6     Si se ha apartado en incredulidad, recuerde que Dios en su amor por medio del Señor Jesucristo nos da gratuitamente exactamente lo opuesto de lo que merecemos.  Merecemos como dice Daniel 12:2, “vergüenza y confusión perpetua.”  El original dice, “reproches y desprecio perpetuos.”  ¡Imagínense ser el objeto de reproches y desprecio de Dios!  Casi no lo podemos soportar cuando alguien aquí en la tierra nos hace el objeto de sus reproches y desprecio, ¿cómo podemos soportar “reproches y desprecio perpetuos” de Dios?  Pero eso es lo que merecemos.  ¡Pero Dios es un Dios de gracia!  Sus visitas son intencionales y su intención es para bien.  No tenemos que dudar que es en gracia que él nos visita.  Confíe en su gracia y regrese a sentarse a sus pies.

7     Sentarse a los pies del Señor Jesucristo y escuchar su Palabra no es solamente sentarse en frente de la Biblia y recoger información.  Yo soy buena para hacer eso.  Sentarse a sus pies también significa que yo me someto a sus disposiciones en mi vida para así implementar su Palabra.  Sus visitas a nosotros ahora son a través de su Palabra y a través de cada persona y circunstancia que él trae a nuestras vidas.  El ha prometido que “… a los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”  (Romanos 8:28).  El usa cada circunstancia en la vida para nuestro bien.  Circunstancias que estamos rechazando puede que sean nuestros mejores regalos.  Recuerden a José, él dijo “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, …”  (Génesis 50:20).  Su constante amonestación a nosotros es, “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.”  (1 Tesalonicenses 5:18).  Nuestra incredulidad en cuanto a sus disposiciones en nuestras vidas rápidamente baja el nivel de la fuente de agua viva a un nivel peligrosamente bajo.  Podemos pedir con Pablo que el aguijón de la carne, cualquiera éste sea, sea quitado de nosotros.  Sin embargo, si Dios no lo quita, debemos pedir que él nos de gracia no solamente para soportarla, sino con Pablo para gloriarnos en ella porque es para nuestro bien, aunque la intención de alguien más sea para mal.  Pidamos que el aguijón no nos quite de los pies del Señor, sino que nos acerquemos más a él.  “… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:10).  También debo recordarles que el enemigo distorsionará cada situación, y aquella circunstancia o persona bien “difícil”—“… La mujer que me diste …” (Génesis 3:12) dijo Adán—aquella circunstancia o persona “difícil” que el Señor está usando para nuestro bien y sus propósitos, el enemigo usará para poner semillas de duda en nuestras mentes y hacernos dudar de los buenos propósitos de Dios.  Mientras más pronto por la gracia de Dios resolvamos el problema de la incredulidad y regresemos a sus pies externa e internamente, más rápido podremos resistir al enemigo de nuestras almas.  “Someteos, pues, a Dios [a todas sus disposiciones]; resistid al diablo, y huirá de vosotros.” (Santiago 4:7).

8     La soberanía de Dios en la salvación no niega la responsabilidad del hombre.  El texto dice en el versículo 42, “Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.”  Somos responsables de escoger.  El Señor no escogerá por nosotros.  El texto dice que María escogió la buena parte, y esa buena parte era sentarse a sus pies y escuchar su Palabra.  Eso es lo que debemos escoger cada día.  Como creyentes, no siempre sentimos la exhuberancia del primer amor por el Señor.  De todas maneras haga la decisión conciente de sentarse a sus pies sabiendo que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.”  (Santiago 1:17).  Debemos pedir gracia, sin embargo, para no escoger sentarnos a los pies del Señor con un sentido de obligación, porque Dios ve el corazón, pero escoja sentarse a sus pies por su maravillosa gracia, su intencionalidad en salvaros y mantenernos salvos.

9     He presentado la incredulidad como el problema básico para no sentarnos a los pies del Señor Jesús.  Que el Señor nos de la gracia para vencer la incredulidad de quienes somos realmente—pecadores en necesidad del Salvador—y quién él realmente es—el Rey de reyes y Señor de señores—para que podamos sentarnos en quietud interna y externa a los pies de Cristo y crecer en intimidad con Dios.